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Cuando Paco decidió dejar de dormir con su mujer y no acercarse a sus hijos

Desde hace dos semanas que Paco tiene una conducta extraña, ya no duerme con su esposa, ni se acerca a sus hijos, y es que hay algo que le preocupa que incluso no le deja dormir.

Desde hace quince días Paco ha decidido desvestirse en la entrada de su piso de 84 metros con hipoteca que con mucho esfuerzo paga cada mes. Una vez en ropa interior, entra en la cocina a poner una lavadora independiente con su uniforme, y seguidamente limpia cuidadosamente con desinfectante la superficie de su hogar que ha estado en contacto con su ropa. De allí se dirige con un tímido saludo a su familia hacia el baño para ducharse, al terminar se recluye en un pequeño cuarto de juegos donde provisionalmente se ha instalado.

Su vida familiar ha cambiado, ya no sabe lo que es besar a su mujer, o estrecharla entre sus brazos, no se atreve ni a tocarla, y a sus hijos les habla desde lejos. Paco ha cambiado su cómoda cama de 1,50 metros por una pequeña cama portátil de éstas que te ponen en los hoteles cuando te alojas con niños, a duras penas descansa porque entre la preocupación y su metro ochenta y cinco que no le permite acomodarse en ese rectángulo incómodo de 80×190, pasa muchas horas sin pegar ojo.

Pero a Paco no le importa, porque sabe que ese sacrificio le ayudará a proteger a las personas que más quiere a su mujer Pepi y a sus dos hijos Luis y Sergio que tienen 11 y 8 años.

Paco está acostumbrado al sacrificio, pues pertenece a ese colectivo al que la gente de izquierdas suele considerar «un gasto supérfluo» y que a pesar de no tener el reconocimiento de los grandes jefes que pisan la moqueta de la Moncloa, cada día sale de casa con gran ilusión a poner su granito de arena para que los españoles se sientan seguros.

Sin embargo, lo que no entiende Paco es porqué no consideran que su empleo conlleva grandes riesgos ante esta pandemia que azota el país, y por qué aún no ha recibido el equipo de protección que necesita, menos mal que su vecino, que tiene una empresa de limpieza, le ha dado una mascarilla y algunos pares de guantes.

Si no fuera por su vecino, Paco estaría aún más expuesto de lo que está cumpliendo con sus labores diarias, ahora incrementadas por el decreto de Estado de Alarma, y a pesar de ello, Paco sigue ahí al pie del cañón cada día, eso sí, mirando al cielo y rogándole a Dios no infectarse para no contagiar a los que más quiere, aunque eso signifique no poder acercarse a ellos durante muchas semanas.

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Redacción La Isla Viva

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